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RASCÓN BANDA, EL HOMBRE MULTIPLICADO

Decía en las entrevistas que sabía usar con destreza las armas de fuego, compartía sus experiencias como ejecutivo en una empresa bancaria, contaba sus primeros años en el pueblo de Uruachi, en donde toda su familia estaba relacionada con las cuestiones legales del lugar. Decía que por eso quiso estudiar derecho. Tenía todo un anecdotario que desplegar cuando le preguntaban sobre sus primeros acercamientos al teatro; alababa el sistema educativo de sus tiempos en donde se le daba mucha importancia a la educación artística. Anhelaba que esos tiempos regresaran.   

Víctor Hugo Rascón Banda, el dramaturgo conocido hace muchos años en Chihuahua y el resto del país; debido a mi ignorancia del teatro, para mí era un desconocido hace aproximadamente cinco años. “Y tú de dónde saliste, salvaje”, fue lo primero que me dijo cuando lo conocí. Estábamos en Querétaro y él me entregaría la mención de honor del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera.

Toda la noche estuvimos platicando sobre las polvaredas de Cuauhtémoc y sobre los vendedores de dólares que se ubican paradójicamente frente a los bancos. “Deberías de escribir una obra de ellos”, me dijo Víctor Hugo con el tono aleccionador que lo caracterizaba. “¿Pero cómo es posible que tú seas dramaturgo si en Cuauhtémoc no hay ni un solo lugar para ver teatro?”. ¿Qué podía contestarle? Me quedaba callado y sonreía, o me hundía en el plato de comida típica de Querétaro. Era un restaurante del centro atendido por unas monjitas.

Mientras todos le rendían pleitesía, yo era el chamaco sedicioso que sólo había ido a recoger su reconocimiento y no esperaba conocer a un paisano, y menos dramaturgo. Ahí me presentó al crítico teatral Fernando de Ita y me recomendó con él. También me explicó paso a paso la primera obra de teatro que vi en mi vida. Iba diciéndome los errores de montaje, las líneas flojas. Era una obra en donde íbamos recorriendo los diferentes escenarios. En cada intermedio de recorrido entre un escenario y otro, Víctor Hugo me decía una frase o comentario sobre mi tierra: “Yo fui una vez a Cuauhtémoc, pero ahí ni hay escritores, puros estudiantes”. Y la sangre me hervía… Tenía razón.

Él, justo antes de probar bocado, sacó un puño de pastillas y empezó a tomárselas, luego me explicó que lo hacía cada vez que comía. Yo desconocía cuál era su enfermedad pero intuí que era una muy fuerte. Los colores de las pastillas lo decían todo. Se formaba un arcoiris en su mano. 

Cuando terminó la noche caminamos hasta el hotel platicando sobre teatro. O más bien, Víctor Hugo hablaba, porque los que conocieron al dramaturgo de Uruachi, sabrán que éste levantaba la voz y monopolizaba la palabra para aleccionar, pero siempre con el afán de ayudar y con un tono amigable, por eso difícilmente se tomaban a mal sus consejos.  

“Mañana desayunamos juntos y platicamos”, me dijo justo antes de que se perdiera en las escaleras y entrara a su habitación.

Como nunca me dijo la hora a la que nos veríamos en el restaurante del hotel, puse el despertador a las seis y media para bajar a las siete a desayunar. Desmañanado pedí un café para esperar a Víctor Hugo. Luego pedí fruta. Y como a las nueve, cuando vi que no llegaba, pedí el resto del desayuno. Pregunté en el lobby por él: “Bajó a desayunar a las 6 y desocupó la habitación”. Quizá pensó que yo también era madrugador y podíamos platicar un rato antes de irse. Estaba equivocado, Cuauhtémoc se caracteriza además de por los vendedores de dólares y las polvaredas, por los gallos que cantan hasta las ocho de la mañana, justo la hora que empiezan algunos noticieros.

Regresé a Cuauhtémoc enseñando el reconocimiento del premio. Pero más presumía que había conocido al mejor dramaturgo de Chihuahua y uno de los mejores del país. Luego me puse a investigar sobre sus obras. Tina Modotti, es la primera que leí. Luego Voces en el Umbral, Playa Azul… y así me fui adentrando al mundo de Rascón Banda hasta llegar a Armas blancas, El Deseo y Mujeres que beben vodka; esta última es una de mis favoritas.   

En una ocasión que le hablé a su oficina y tuve el primer contacto con Amparo, su asistente que parecía una aduana incorruptible, le platiqué a Víctor Hugo de mi gusto por la poesía y me dijo con ese tono severo que lo caracterizaba “deja eso. Lo tuyo es el teatro. No pierdas el tiempo. Te voy a mandar una caja de todos los libros que he publicado para que leas mucha dramaturgia”. Nunca me la envió y yo nunca dejé la poesía. Así quedamos a mano.

Le seguí hablando, no para platicar, sino para escucharlo hablar y de paso aprender algo del teatro no sólo del país sino de Chihuahua. “¿Conoces a Pilo Galindo?, ¿Conoces a Antonio Zúñiga?, ¿Ya fuiste a ver teatro? Toma un autobús a la capital de estado y métete a un teatro. Un dramaturgo no puede dejar de ver el teatro en escena”.

En una de esas pláticas me invitó a la obra Apaches que se iba a presentar en el Teatro de los Héroes. Me fui con el puro pasaje hasta la “centralita” y de ahí caminé hasta el Teatro de Cámara donde se iba a presentar la obra.

Tienen razón los críticos teatrales que hablan de las obras de Rascón Banda como un diverso mosaico. Apaches no se parecía a ninguna de sus obras anteriores. Tenía poesía. Había en ella la madurez de un dramaturgo dedicado en cuerpo y alma a su oficio.  

Cuando terminó la obra y todos se acercaron a felicitarlo, yo parecía el vagabundo que ve un hueso tirado en la calle y le da muchas vueltas: no me animaba a aproximarme. El escritor Mario Saavedra se acercó a saludarme y me dijo en tono de broma “ve a saludar a tu tío Víctor Hugo. Te va a proponer algo”. Debo aclarar que el parentesco sólo era metafórico. Aunque hubiera querido tener un tío como Rascón Banda.

Con pasos titubeantes me fui acercado al escenario y entre todos los trajeados logré abrirme paso. “¿Cómo estás? ¿Sigues escribiendo teatro?”, dijo como si tuviera mucho tiempo sin hablar conmigo. Hacía dos días que habíamos platicado por teléfono.

Me presentó con todos los que lo rodeaban. “Él es un dramaturgo que conocí en Querétaro. Se va ir a México a estudiar en la escuela de escritores”. Con esta última frase me sentí como al actor que se le cae el escenario encima. Nunca me imaginé que eso era lo que me iba a proponer. Dijo que lo buscara en el hotel al siguiente día. Pensé que iba a pasarme lo mismo que en Querétaro. No recuerdo si me vino a la cabeza la idea montar un campamento enfrente del hotel donde se hospedaba, para que no se fuera sin que platicáramos. Pero seguramente sí.

En la mañana me explicó lo que era la Escuela de Escritores de SOGEM. “Pero no vas a tener sólo maestros de teatro sino de todos los géneros. A ver si te gusta”.

Meses después hice mis maletas y salí rumbo a la Ciudad de México a estudiar en la escuela de la Sociedad General de Escritores que el presidía.

Paradójicamente, las pláticas con Rascón Banda se hicieron menos periódicas cuando me cambié al D.F. Sólo algunas veces fui a su casa en Tepoztlán donde como buen anfitrión nos cocinaba a Antonio Zúñiga y a mí una sabrosa cecina enchilada mientras nos platicaba sus aventuras, por ejemplo cuando Valentín Trujillo los contrató a él y creo que a Vicente Leñero, para hacer el guión de una película. “Pero Valentín cometió el error de tratarnos demasiado bien y nos olvidamos del guión para disfrutar de la alberca, el sol, los vinos… El caso es que nunca escribimos ni una sola línea”.

Las tardes de un sábado o un domingo en compañía de Víctor Hugo se iban pasando como una obra que cautiva. En un chistar.

En junio del año pasado, dos años después de salir de mi tierra, me gradué del diplomado de la escuela de escritores en donde estuve becado por él. Esperaba verlo en la graduación, pero ya estaba muy enfermo. Traía un respirador y hablaba con dificultad. La última vez que lo vi fue cuando recibió su nombramiento de la Real Academia Mexicana de la Lengua. Hizo un exhaustivo recorrido por el teatro mexicano, quizá como una forma de volver a vivir todos esos momentos donde le tocó poner su granito de arena no sólo en la escritura de obras, sino apoyando e incentivando los montajes de otros dramaturgos y echándole la mano a aquellos preocupados por tener un medio de difusión para reafirmar la importancia del teatro.

Un amigo cercano a Víctor Hugo me platicó que la última vez que habló con él, le dijo con la respiración entrecortada “Ya quiero que esto se acabe”. Víctor Hugo ya era consciente de que el cierre del telón estaba próximo y que su obra intitulada Vida (única obra a la que no tuvo la libertad de poner título), había sido digna, sublime, sólo restaba esperar que la gente se levantara y aplaudiera de pie a un hombre de teatro y enorme corazón.

Me pongo de pie y aplaudo, seguro de que en donde está, Víctor Hugo sigue escribiendo páginas memorables. Espero que en ese lugar haya máquinas de escribir, porque no le gustaba escribir en computadora.                         

Con profundo agradecimiento a mi maestro.

Elman Trevizo Higuera.

Texto publicado originalmente en 2008.

página del escritor Elman Trevizo