Cecilia o joaquin, o los fantasmas vivos

El dramaturgo crea personajes con códigos que no solamente quedarán en el papel, sino que tendrán propia vida en escena, dependiendo de la interpretación que se realice de éstos.

Leopoldo Zapata parte de la realidad para crear esos códigos que se componen de tal manera que no parecen teorías puestas en los labios de encarnados personajes. En Los fantasmas vivos, la ruptura no se lleva a cabo a partir de la negación de las estructuras o de querer dar una cátedra sobre la diversidad cultural de nuestro país, sino a partir de la exploración de caracteres poco comunes; aunque naturalmente se haga con los mismos temas – en este caso el amor que es contenido por una tarahumara y un mestizo, los cuales juegan a representar papeles aparentemente ajenos, pero que les gusta habitar–. La indígena Ade lo hace a partir de sus silencios y una cándida cachondería aparente, mientras que el mestizo Leo habla mucho, pero paradójicamente da la impresión de que calla mucho más.

Como si se tratara de una historia naturalista, un taller de costura es el microcosmos donde los personajes principales universalizan un sentimiento; es decir, se ve un fragmento del Todo para comprenderlo en su totalidad.

Bajo los principios de inversión de la imagen y la carencia de aberraciones cromáticas, Los fantasmas vivos se miran en un espejo creyendo que ellos son la realidad frente al azogue, sin intuir siquiera que su papel en la historia es ser los fantasmas que le dan vida a la realidad, como si se tratara del binomio pulmón-aire; es decir, la realidad visible y lo cotidiano de lo invisiblemente necesario.     

El dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda ha puesto en sus obras personajes basados en las diversas culturas de Chihuahua, explorando las cosmovisiones de esas regiones y creando al mismo tiempo personajes universales que palpitan sobre la escena, moviendo el alma de los espectadores con los obstáculos que van venciendo en el espacio marginal que los oprime. En Los fantasmas vivos, los personajes parten de una situación de imitación para vivir su propia vida con el molde de la ficción, pero al mismo tiempo del fingimiento. Se finge el amor, los celos, la preocupación, la vergüenza, la juventud, la indiferencia. Se finge que se finge para no seguir fingiendo. Los personajes no llegan a ser parte de la obra, sino que transitan como verdaderos fantasmas memoriosos que evocan a otros entes que nunca se materializan, pero que le dan razón de existir a los protagonistas que se deslizan como en la banda de moebius. Con humor picaresco se logra un ritmo que ayuda a la obra y a los personajes para lograr la circularidad de la situación; ya que el fin tiene conexión con el principio: una clase para aprender a besar como en las telenovelas.

La pregunta es: ¿cambian Ade y Don Leo en su transitar por Los fantasmas vivos?

Los personajes se autoengañan y cumplen en apariencia sus objetivos, todos relacionados con una pedagogía inventada para la ocasión.

Con esta obra, Leopoldo Zapata se une a los dramaturgos del norte como Antonio Zúñiga, Pilo Galindo, Rascón Banda y Enrique Mijares, cuyas obras tienen como punto de partida una realidad inmediata – entendiéndose “realidad” como la forma cotidiana de ver el mundo, de palparlo y de compartirlo colectivamente, sin olvidar el enfoque personalísimo-. 

Se dice que las nuevas generaciones se olvidan de delinear la realidad en sus obras y de servir de mensajeros de la problemática social. Se critica que los dolores del mundo ya no se palpen, como antes, en la literatura y el teatro. Leopoldo Zapata lo sigue haciendo, quizá por ser todavía considerado de la vieja guardia, pero no lo hace con un panfleto en la mano como muchos de sus antecesores. Es el divertimento más que la reflexión concienzuda lo que permea la obra de Zapata, rayando a veces los diálogos de los personajes en el absurdo, dando un aspecto exagerado al color de éstos.

Es fácil concluir que si Polo viviera en Islandia o Polonia, o si fuera vecino de José Saramago, difícilmente hubiera escrito una obra sobre un mestizo y una tarahumara; lo que nos hace pensar en la relación directa que existe entre el creador y su obra. Zapata aprovecha el conocimiento que le ha proporcionado vivir en la ciudad de las tres culturas (menonita, mestizo y tarahumara) y ser sastre de profesión, para moverse literariamente en un mundo que conoce en demasía.

En La mujer que cayó del cielo, Rascón Banda sitúa como protagonista a una tarahumara para hablar de la tragedia que puede provocar la incomunicación. Muchos años después, Los fantasmas vivos, con una tarahumara como personaje principal, plantean la antítesis, dando el boceto de una indígena cuyos silencios son tan certeramente calculados que manipulan a un mestizo que cree ser el manipulador. Este microcosmos nos enseña, sin el afán descarado de hacerlo, que el sometido puede ser a veces el victimario y cambiar de posición cuantas veces quiera. Con el pretexto del amor y la cachondería, Los fantasmas vivos pueblan de reminiscencias un espacio que podría estar vacío si no fuera por los binomios que se invierten constantemente sin dejar de complementarse. Una simetría que bien puede decirse que es perfecta, ya que si pudiéramos ver el mundo de los fantasmas ausentes, muy seguramente estarían ahí, recordando y reinventando el mundo de los que consideramos presentes. Pero mientras no existan lenguajes diferentes a los que conocemos para decir ciertas cosas, sólo nos quedará el silencio o la angustia que se refleja en un fingido melodrama presentado para huir de nuestra verdadera condición, como lo hacen los fantasmas vivos en esta obra donde las cosas se mueven por lo que no se puede decir. Acallando constantemente en lo poco que se dice.

Elman Trevizo.

página del escritor Elman Trevizo