Al final de la vía

Estamos siempre planeando un viaje que quizá nunca realicemos. Lo único seguro es que cualquier itinerario termina con la muerte.  

Mirar la vida como unas largas vías de ferrocarril es pensar que éstas se desgastan poco a poco, casi nada, con el tiempo, pero que cuando nosotros muramos esos largos rieles seguirán ahí, y dependiendo de quien las recorra llevarán a diferentes lugares.

El principio de la obra Roma al final de la vía es floja y con chistes simplones, pero conforme avanza la trama los personajes se individualizan y el humor es más refinado, sin indulgencias al espectador. En las primeras escenas se recurre a recursos trillados que se saben funcionan en la comedia mexicana; no sería malo si ese humor al mismo tiempo construyera a la pareja de personajes desde el principio, pero sucede sólo a partir de la mitad de la obra.  

El anhelo de llegar al otro lado de la vía, aunque no haya nada en ese lugar, o los rieles están en construcción, esa es la parte medular del texto de Daniel Serrano, un dramaturgo con la experiencia suficiente para escribir una obra con estructura fragmentada y rítmica que no aburre a pesar de la repetición de recursos y el machacón inicio de cada escena. 

Es destacable la actuación de Julieta Ortiz (Emilia) quien logra crear la convención con el público, quien la acompaña en las diferentes etapas de la vida sin salir de la ficción. No sucede lo mismo con la actriz Norma Angélica (Evangelina), quien sólo sostiene con la voz esos periodos de infancia, adolescencia, juventud y vejez, pero sus gestos son poco acertados.   

Lo que no se explica a lo largo de la trama es por qué ninguna de las dos mujeres prefiere ir a la estación de ferrocarril a comprar un boleto que lleve al final de las vías. En la niñez está justificando que, a falta de dinero, quieran colgarse del tren para ir a un lugar desconocido, pero luego de cincuenta años parecen preferir tomar el tren mientras avanza a gran velocidad. El comportamiento de las mujeres no explica tal riesgo. Es poco creíble que los motivos sean la falta de efectivo.

En una parte de la obra se hace mención de un “guardadito” del esposo de Emilia, sin embargo unos segundos después ésta toma el tren y no se sabe el motivo de tal mención, lo que descarta la falta de dinero.

El final de obra sale sobrando: es obviar lo sobre explicado. Pensar que el espectador es poco agudo y no entenderá el sentido de ésta.

Fuera de los recursos trillados e incongruencias la obra es disfrutable y desata en el público las carcajadas.

Elman Trevizo

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