victor ele ruiz

Quizá sea aventurado decir que todo gesto de dolor es teatral. Al encontrarme con la dramaturgia de Víctor Ele Ruiz me atrevo a tal aseveración. Encuentro en sus textos un drama que, aunque a veces no se sirve de la acción como generador escénico, centra su valor en los personajes que son testigos marginados de su contexto social y dan cuenta por medio del diálogo del dolor que ello les ocasiona. 

Ele Ruiz hace un compendio de limitantes de cada personaje que pone sobre el papel. Encontramos en ese sumario a dos vagabundos con un cargamento de droga en el basurero, a un hombre causante de una guerra que él mismo no puede detener, a una terna paranoica siempre nombrada a través de sus inclinaciones sexuales, unos ex esposos que se rencuentran después de más de un lustro,  hay también una pareja de enfermos terminales que parecen hacer una oda al dolor, y hasta unos sujetos en una reunión de Alcohólicos Anónimos. 

Como todo hombre, cada uno de los creados por Ele Ruiz lleva el peso de ser parte de una sociedad que a cada instante es demolida y reconstruida sobre las ruinas. Es esto de lo que hablan las seis obras de este dramaturgo y director escénico chihuahuense: de la decadencia convertida en ilusión, muchas veces emplazada en melancolía, como cuando menciona a una mujer que fue asesinada al momento de exigir justicia por la muerte de su hija.  

Sin embargo, aunque estas son obras acabadas, dejan también lugar para la interpretación en esos puntos ciegos que todo texto literario debe poseer para moverse por propia cuenta; es decir, la emancipación del discurso que los otros pueden hacer propio y revestirlo de moral, de obsesión, de polémica.

Para muchos el teatro de Ele Ruiz podrá ser una forma de denunciar aquello que nos crispa. Para otros será una bitácora puntual de una geografía poblada por el dolor.      

Si hablamos de un teatro documental, son amplias las tradiciones mexicanas a las que podemos remitirnos. Baste decir que el dramaturgo más cercano geográficamente a este tipo de escritura realista es el Chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda, el cual basó muchos de sus textos en la nota roja diaria, pero supo ir más allá de una dramaturgia panfletaria y reporteril.  

Contrario a Rascón Banda, Ele Ruiz parece preocuparse por la creación de personajes y de espacios, no tanto por una anécdota con principio, desarrollo y fin, aunque su punto de partida  es una situación específica proporcionada por la realidad.  

Lejos está el arte escénico de ser una lata de conservas con fecha de caducidad a pesar de que habla de un aquí y ahora. El teatro social no debe desgastarse con el devenir histórico, sino todo lo contrario, su aspiración es convertirse en un vaivén de emociones e ideas que se nutren con el transcurrir temporal.       

El teatro tiene las virtudes del oráculo, pero lamentablemente Delfos no existe desde hace siglos, por ello es imposible vaticinar lo que ocurrirá con estas obras de Ele Ruiz que ya transitaron por la escena y hoy acampan en el papel esperando la embestida del tiempo y de los lectores, tratando de eludir lo efímero de la teatralidad.

Elman Trevizo

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